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Mi nombre es Daria y soy miembro del personal local de la OIM Ucrania en Járkov. He sido testigo y víctima de las tremendas tragedias humanitarias que ocurrieron desde que el conflicto comenzó a asolar mi patria.

Comencé a trabajar en el ámbito humanitario en 2014 cuando Rusia anexó Crimea y respaldó a los separatistas en Donetsk y Luhansk. Mi trayectoria en este ámbito laboral comenzó en Mariupol, una ciudad que habiendo emergido de las cenizas tras los eventos de 2014, hoy en 2022 una vez más sucumbió a las llamas. 

Este año, desde que estallaron las hostilidades, la ciudad fue bloqueada, se quedó sin alimentos, agua, calefacción y gas, y se interrumpieron las comunicaciones con el mundo exterior. Como muchos ucranianos, tengo parientes que tuvieron que huir a Mariupol tras la caída de Donetsk en 2014. Actualmente no tengo idea de si están vivos o muertos. 

El 1 de marzo fue la última vez que recibí informaciones sobre la ciudad. Un amigo me dijo que Mariupol estaba padeciendo una gran escasez de alimentos y que había saqueos como resultado de la desesperación de la gente. Con la ciudad bloqueada de todo abastecimiento externo, las personas no tenían otra opción que recoger agua para beber de charcos sucios, al tiempo que sufrían incesantes bombardeos. La única esperanza para aquellos que se habían quedado eran dos corredores verdes para la evacuación de los civiles. Pero cuando las personas intentaron huir, los bombardeos continuaron.

A las 5 de la mañana del 24 de febrero recibí la llamada más angustiante de mi vida. Me dijeron que “la ofensiva había comenzado” y que Járkov, donde yo vivía, había sido una de las primeras en ser impactadas. Es una de las ciudades más grandes de Ucrania, con una población de 2 millones de personas. La ciudad está orientada en torno a la gran plaza Liberty Square, que ocupa un lugar central y cuenta con una  rica historia cultural. A fecha de 7 de marzo, la historia es lo único que queda en pie.

Estoy segura de que lograremos reconstruir nuestra ciudad de Járkov y nuestro país. En tiempos de gran desesperación y pena, cuando la vida de amigos y familiares, y la de uno mismo, puede terminarse de un instante a otro, creer es lo único que nos queda.

“Estoy segura de que lograremos reconstruir Járkov y nuestro país. En tiempos de gran desesperación y pena, cuando la vida de amigos y familiares, y la de uno mismo, puede terminarse a cada instante; creer es lo único que queda”

Durante siete años, he trabajado con personas desplazadas internamente y con refugiados, y he conocido a muchas personas para quienes su hogar representa sus raíces. Hay quienes se han hundido en las tempestuosas olas del conflicto, personas que se ahogaron por haberse aferrado al lugar en el que vivían. Yo amo a mis padres, pero desde hace un tiempo ya he transitado mi propio camino. Tengo una responsabilidad no solamente hacia mi familia sino también hacia otras personas como mis compañeros de trabajo y amigos.

En la mañana del 25 de febrero, partí en dirección a Dnipro, donde estaban mis colegas en aquel momento. Sentí que tenía un gran sentido de responsabilidad hacia estas personas también. Media hora antes de que terminara el toque de queda, cargué a todas las personas que pude en mi coche. Tomamos tan sólo algunas pertenencias debido al poco tiempo con el que contábamos y nos fuimos rápidamente con rumbo hacia lo desconocido. El plan original era conducir hasta Dnipro; pero el bombardeo había empezado en la ruta residencial por la cual yo planeaba salir de la ciudad. Intentar cruzar por esa ruta era totalmente inútil; y volver a casa lo era aún más.

De manera espontánea tomamos la decisión de ir en dirección de Poltava y luego seguir rumbo a Dnipro. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no tendríamos suficiente combustible para todo el viaje. En mi coche íbamos cinco personas, entre ellas un bebé de tan solo cinco meses. No podía correr el riesgo de quedar varada en algún punto de la ruta y sin posibilidad alguna de encontrar una estación de servicio en Poltava. Decidimos ir a la ciudad de Kremenchuk con la esperanza de encontrar algo de gasolina y poder continuar con el viaje. 

El brutal tráfico en la ruta. El no saber dónde o cuándo los nefastos proyectiles van a caer. Un estado emocional apático. Y la desesperanza generalizada respecto de todo. Por todos estos motivos y otros, descubrí que lo único que yo quería era estar tirada en la cama, mirando el techo por horas tras el duro camino a Kremenchuk. No quise forzar el camino a Dnipro. Y mis colegas opinaban lo mismo. 

Y de esta forma, un nuevo capítulo de mi vida comenzó por casualidad en Kremenchuk. Mi deseo de quedarme algunas horas en esa ciudad se convirtió después en la necesidad de quedarme por semanas. Kremenchuk se ha convertido en un punto central para las personas que han huido de Ucrania Oriental, un punto de tránsito camino hacia el oeste, bien lejos del avance de los rusos.

Pero a pesar de todo, creo que podremos salir de esta guerra. Creer es lo único que nos queda.

Estación ferroviaria en Kremenchuk en donde los voluntarios les entregan alimentos a los refugiados.

Puesto que en la región de Járkov ya no se entregan medicinas ni alimentos, las personas que logran escapar se dirigen al centro de Ucrania, en donde recuperan el aliento, recargan combustible, duermen al menos una hora sin tener que escuchar el sonido penetrante de las sirenas de las incursiones aéreas. Algunos de los que lograron escapar se quedan aquí en el centro de Ucrania, sin oportunidad alguna de llegar más lejos.

Ucrania es el país más grande de Europa. En tiempos de paz, la ruta del este al oeste se recorre en un día. Por los bombardeos, la escasez de combustible, y el pesado tráfico, el mismo viaje ahora cuesta casi una semana.

En cuanto a Kremenchuk, no puedo evitar maravillarme por la solidaridad mostrada en tiempos de crisis. Hasta el 24 de febrero, la pequeña ciudad del centro de Ucrania no había sido nunca testigo de semejante avalancha de personas desplazadas en estado de desesperación. Desde entonces, más de 12.000 han llegado a la ciudad. Muchas más han pasado por allí. En el momento en que escribo este blog, hay seis sitios dispuestos a ofrecer albergue por una noche o de manera definitiva. Los residentes locales llevan ropa, alimentos, productos de higiene, colchones, frazadas, y almohadas a los recién llegados. Se han abierto varias cuentas bancarias para recaudar fondos destinados a paliar las necesidades de las personas desplazadas.

Puedo dar fe de que en otras ciudades cercanas tales como Kryvyi Rih, Oleksandria y Poltava – que de igual manera se han convertido en centros de tránsito para miles de personas – están implementándose acciones humanitarias similares, espontáneas y de gran envergadura. Gracias a los esfuerzos concertados de los residentes de la ciudad que están muy comprometidos, las necesidades básicas de todas las personas pueden ser paliadas y estas personas pueden tener un techo sobre sus cabezas. Pero aun así, muchas más personas siguen llegando día tras día.

La ciudad sigue en funcionamiento y es posible encontrar alimentos, medicinas y gasolina; sin embargo, las necesidades de consumo van en aumento y ahora, con cada nuevo día de enfrentamientos, es más común encontrar los estantes de los supermercados vacíos y ver que los medicamentos escasean.

Pero a pesar de todo, creo que podremos salir de esta guerra. Creer es lo único que nos queda. 

 

Por Daria Rumiantseva, OIM Ucrania

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