Un niño es vacunado con el apoyo de la OIM. Foto de archivo de marzo de 2019. Foto: OIM/Andrea Empamano.

Para ser efectivos, los planes de vacunación contra el virus COVID-19 deben incluir a los migrantes

Mientras nos preparamos para uno de los mayores esfuerzos realizados en materia de vacunación en todo el mundo, y en ocasión del Día Internacional del Migrante, nos acercamos a una reflexión absolutamente esencial: la necesidad de enfoques inclusivos en nuestra manera de pensar la salud y las prácticas relacionadas a la misma nunca ha sido más acuciante.

Por el bien de todos es necesario que nos aseguremos de que los más vulnerables, incluyendo a los migrantes, refugiados, solicitantes de asilo, personas desplazadas, y otras personas en movimiento, no sean dejados fuera de nuestros esfuerzos mundiales para dar batalla al COVID-19  y otras enfermedades.

Incluso un año después del inicio de la crisis, sigue habiendo un tremendo sufrimiento por la pandemia, y con mucha frecuencia quienes necesitan mayor asistencia y apoyo son quienes tienen menor acceso a ambos.

La OIM estima que actualmente hay casi 272 millones de migrantes internacionales, además de los 80 millones de personas forzosamente desplazadas, y más de dos tercios de ellas se encuentran desplazadas dentro de las fronteras de sus países debido a conflictos o a desastres naturales. Contrariamente a la retórica política, la mayor parte de estas personas forzosamente desplazadas viven en países con ingresos bajos o medianos, los cuales con frecuencia tienen sistemas sanitarios mucho más débiles y luchan para poder cubrir las necesidades de sus poblaciones en materia de salud.

La lista de las dificultades que los migrantes y las personas forzosamente desplazadas enfrentan en todo el mundo sigue siendo muy extensa: la exclusión de los servicios sanitarios ocurre a raíz de requisitos legales, barreras idiomáticas, costos prohibitivos, y otros factores. Lo hemos visto una y otra vez recientemente con los testeos de COVID-19 y la falta de acceso a servicios sanitarios esenciales. Esto viene a agregarse a las circunstancias frecuentemente peligrosas que las poblaciones que están en movimiento deben enfrentar antes, durante y tras sus travesías, las cuales las ponen en una situación de riesgo mayor de enfermarse. Por ejemplo, puede que vivan o trabajen en condiciones inseguras o de hacinamiento, que tengan acceso limitado a agua apta para el consumo o a saneamiento, o bien que la continuidad de los cuidados que se les brinda se hubiera visto interrumpida debido a su reubicación.

Este año hemos aprendido de mala manera que la salud de nadie estará debidamente protegida hasta que la salud de todas las personas lo esté también, y cuando fracasamos en cuanto a proteger la salud de todas las personas, esto puede tener impactos serios y devastadores sobre todos los aspectos de nuestras sociedades, incluyendo nuestro tejido social, económico, y cultural. Los migrantes han sido especialmente castigados por la crisis de salud púbica y por sus consecuencias.

Han estado también en la primera línea de la respuesta ante la pandemia, corriendo riesgos personales en pos del bienestar de los demás, a través de numerosos sectores como el de la salud, la alimentación, el transporte, la investigación, la higiene, entre otros. En la mayor parte de los países con altos ingresos, los migrantes conforman una amplia franja de la fuerza laboral sanitaria; por ejemplo en los Estados Unidos, más de uno de cada cuatro médicos y cirujanos nacieron en el extranjero y la OCDE informa que en la última década la cifra de médicos y personal de enfermería nacidos en el exterior aumentó en un 20%.

Mientras la OIM está lista para brindar su apoyo a las autoridades nacionales y a otras organizaciones internacionales en el desarrollo de una vacuna contra el COVID-19, hacemos un llamamiento a los Gobiernos para que consideren e incluyan a todos los migrantes presentes en sus territorios – sin importar cuál sea su condición legal – en sus consideraciones para la distribución de las vacunas. Si bien los trabajadores sanitarios en la primera línea de lucha deben tener prioridad, no debemos olvidar a los innumerables trabajadores migrantes de la salud que se encuentran también en la primera línea. Y además, así como las personas mayores son prioridad, también deben serlo las personas migrantes mayores, etc.

El año por delante y las nuevas herramientas disponibles para luchar contra la pandemia de COVID-19 constituyen una oportunidad para mejorar la situación de los migrantes y de todas las personas, en todas partes. Mientras los países se organizan para implementar campañas de vacunación masivas, no olvidemos los principios de la cobertura universal de salud, el deber de adherir a un proceso de asignación que sea equitativo, y el de no dejar a nadie atrás. Las decisiones deberán ser tomadas sobre la base de motivos de salud pública sólidos y de base empírica, siguiendo los lineamientos de las recomendaciones internacionales referidas a las prioridades.

La OIM tiene el honor de asociarse con Gavi, la Alianza de Vacunas, y desea trabajar muy de cerca con el Sistema de Naciones Unidas, asociados humanitarios y la Instalación COVAX, para asegurar que los planes de asignación de vacunas incluyan a los migrantes, entre ellos a las personas forzosamente desplazadas que se encuentran en áreas de difícil acceso y en entornos de emergencia. Los equipos sanitarios de la Organización tienen una vasta experiencia en llevar a cabo campañas masivas de vacunación en respuesta a los brotes y también en ocasión de actividades rutinarias de inmunización, para los migrantes y las poblaciones desplazadas, en colaboración con asociados claves, incluyendo a Gavi, con quien se firmó un importante memorando de entendimiento el 24 de noviembre de 2020.

Hoy más que nunca la justicia, la equidad, y la inclusión pueden llegar a salvar a miles y miles de vidas.